«Siempre recordaré aquellas tardes de verano en el parque de Castrelos, haciendo corro con mis primas en torno a mi tía Margot» empieza escribiendo Emma Rodríguez Chamorro, sobrina de Margot Chamorro, en el prólogo del libro Tiempo roto. A Margot le tocó vivir un tiempo roto, el de la guerra civil, y le tocó cuando era una niña.

Las que la conocieron dicen que le gustaba observar todo lo que le pasaba por delante: las peleas, el barrendero, el callejón, los pájaros de la plazuela, el sol, una nube… Para ella todo era digno de ser pintado o contado. Por estos años no era fácil disponer de pinturas, lápices o un trozo de papel en el que dejar volar la imaginación, lo cual nunca frenó a Chamorro. Como bien se dice «querer es poder» la pequeña Margot se las ingenió para desarrollar su lado creativo. Esto se traducía en ir a la plaza de Calatrava a buscar en la basura trozos de teja con los que después pintar sobre el propio suelo. La obstinación y perseverancia era otra de las características de Chamorro, pues si llovía y sus pequeñas obras se borraban del suelo, volvía a pintarlas una y otra vez.

La creación fue la base de su vida. Estudió dibujo en la Academia Cid y tras leer el libro Chiquillos de William Saroyan, por recomendación de un profesor, se lanzó al mundo de la escritura. Entonces, como dice la propia autora en su libro, ya nada fue igual.

Fue gracias a su sobrina, quien tras aprender mecanografía pasó a máquina todos los manuscritos de su abuela, por lo que hoy podemos leer Tiempo roto.

Además de esto, Margot Chamorro escribió narrativa, poesía, teatro, artículos, cuentos y poesía para niños/as. Colaboró con ediciones colectivas, periódicos y revistas. Incluso ha ejercido de cuentacuentos. A lo largo de su carrera también desarrolló su faceta como pintora, con creaciones al óleo y acuarelas, que se llegaron a exponer en el Parador Nacional de Tui.

Podemos contaros más sobre Chamorro, sin embargo, no hay igual como descubrir su propia historia a través de sus palabras.